Forgetting how to remember.

Quietness is often seen as an extension of solitude, a lack of publicly acknowledged sound and motion, a soft disposition in a rather rough eremitism (or the other way around). Clearly, we never quite know what silence says until it is made to speak by whims such as guesses and judgment — Quiet, how? Alone, when? When lonely? And shy? Serene or not? Really?

I don’t think I have ever seen any person as being exempt from existing as a lone entity. Perhaps too much people-watching and fantasizing has made me immune to the idea of trusting others to know their place in populated habitats. Surrounded, one is an extension; alone, we become the source of irrevocable completeness and individuality. Because it is then when we suddenly sprout a nose and ears, a tongue and limbs, for everyone to experience, including our own eyes.

How much consciousness there is in what one perceives, though, I can never tell.

A man is standing on a corner reading a newspaper.

A man is standing on a corner reading a newspaper. His shoes are old.

An old man is standing on a narrow corner, frowning into his reading of today’s evening paper. His shoes are old and not of his taste, for his jogging pants would much rather mingle with sneakers than bear the actual weight of his tired heels.

We always build upon solitude, alone or not. Isolation into causation, alone or not.

We give everything a story, a name.

Everyone I recall, I remember individually, in solitude, even if there are blurred shapes around. I focus on their manners and my interpretations. I try to feel what they do, which is never entirely possible for me, as I am almost certain they had no intention of grasping a rounded understanding of what they were doing at the moment. And then, context.

The outside is always solitude as long as no story comes along. The world is never quiet. Or shy. Perhaps serene at the edges, wild at the heart…

I have a list of names, of people I can remember quite well in a single, defining moment for me. Each one has a story I will not tell today, several stories, that come out when they must. And yet, every time I go back, something changes. I feel more, or less; I see more, or I see less. It’s the same person and the same action, and yet a tiny detail manages to slip from one’s own solitude into the person and what we absorb from that moment we automatically file it under ‘possible truth’, or ‘necessary truth’, and so on and so forth, until we find it a good, satisfying place to rest.

And if I were to ask you whether it would be easier to remember me from something I was to something you say I am? Would it, in fact, be easy? Would it be clear? What would that tiny detail be that is able to make you see me as someone different from how you’re seeing me at this moment?

I always want to ask those questions, but I feel they’re intrusive and break that silence and solitude contemplation needs for its own benefit. I do look around, though, a lot. Admire? Desire? That’s another ballpark, entirely.

Tía

Estuve recordando personajes en soledad total, como el Gisborne de Rudyard Kipling o la narradora de Die Wand. Pero esa soledad también se da (iba a poner “se consigue”, pero eso suena a que fue buscada, o que ya apareciendo es definitiva) en medio de una familia o en medio de una casa llena de gente.

Pienso en Tía, que en realidad era la madre de mi abuelo (luego mi bisabuela y la abuela de  mi madre) pero que todo mundo en la casa la llamaba Tía. Era una mujer pequeña, arrugada y callada, escondida a plena vista. Dormía en un catre piojoso debajo de una ventana siempre abierta. Lo de piojoso no es un decir: de niño yo le tenía un cariño bobo a Tía (bobo porque en realidad no la conocía mucho, sólo me gustaba mucho cómo era y cómo vivía) e insistía en que me dejaran dormir con ella, cosa que me negaban porque me llenaría de piojos y sí, cuando por fin me quedé con Tía desperté lleno de piojos.

Supongo que a alguna hora del día comía pero sólo la recuerdo tomando agua del vaso que dejaba al borde de la ventana. O fumando sus cigarros Faros, que encendía con el fuego de la estufa. Años después descubrí que “chupar faros” es una forma de referirse a la muerte o la derrota, y no entendí la expresión a la primera porque Tía, que sí chupaba Faros, aguantó mucho tiempo sin chupar faros, hasta que sí chupó faros.

A Tía le venía guango el precepto de Pascal. Saber permanecer en una habitación era lo que mejor hacía. Y no hablaba sobre ello y no se angustiaba por ello. Sólo estaba. Yo quería estar ahí porque quería tener solo un catre y un vaso de agua y quizá chupar Faros.

Ya de adolescente supe que Tía por poco y no la contaba, que por poco y no nacía esa parte de la familia que es lo mismo que decir no habría familia. Cuando Tía era muy joven hubo hambre en su estado. La sigue habiendo de modo intermitente, pero el resto del país hace como que no; la cosa es que entonces no era intermitente. La gente hervía cualquier hierba encontrada en el monte y eso era la cena. O eso le contó Tía a mi madre. Que de repente pescaban una rata y eso ya era una mejora: cenar rata. O eso le contó Tía a mi madre.

No suelo hablar de ella, porque suena irreal, o sensiblero aunque no sea la intención. Comer cualquier cosa por no morir. Y saberse estar. Y chupar Faros sin chupar faros. Y sólo tener un catre y un vaso y sólo la ropa que cabe en una maleta. Son cosas que me me producen más respeto, o me son más afines, que lo que hacía el resto de la gente que conocía entonces.

Encierros.

Piet me suena a canario de animación francesa.
Margot es Nicole Kidman.
Mundet, en efecto, es refresco.
Y agrego Tampico a la lista de referencias, que aunque la “t” está al otro extremo, ahora, cada que escuche o lea ese nombre, me llevará mentalmente a un café que no conozco, en ese centro que no conozco, de una ciudad que no conozco. Pero basta con imaginarme las sillas de ese café — tienen un color que, si no es el que estoy pensando, prefiero no saberlo.

Piquet fácilmente puedo confundirlo con Picot, como la sal de uvas. Los colores de la envoltura me hacen pensar en colinas, en deporte, no en carreras automovilísticas, pero sí curiosamente en subidas, bajadas, bicicletas, ropa deportiva, un clima robusto, la Tour de France. Existe Sébastian Piquet, seguro, pero del que me acuerdo es del cerrajero que participó en 11 Tours de France y perdió todas. Que se descompuso su bici y ya no ganó. Que pudo haber ganado, pero otro se le adelantó y ya no. Que se le volvió a descomponer su bici y otra vez no ganó. Eran los años 20. Esos eran los obstáculos, los detalles de la emoción.

Quizá tenga tan presente a este Eugène Christophe por ser ordinario, como muchos de nosotros en esta vida. Quienes lo conocieron decían que era muy trabajador y ordenado. Ordenaba su taller, su casa, su ropa antes de cada carrera. Etiquetaba y ordenaba las fotos de cada competencia. Llevaba un diario de su desempeño. Seguramente están ahí las 11 veces que no ganó y por qué y cómo se sintió y en qué tenía que mejorar. Dicen que murió sin lujos pero satisfecho. Murió a los 81 años. Murió.

Y quizás cada época tiene sus héroes, esas personas que importan en un solo escenario y no en otros, no en todos los demás que ocupamos los demás. Somos más los que ordenamos nuestras pertenencias, llevamos diarios, tratamos de ser diligentes, le “echamos ganas”, morimos mortales. El héroe existe sólo en un plano, en el más grande, en todas las voces de un mismo poema épico; el mortal es pequeño pero completo, y en piezas, para armarlo hábilmente en un cuento, en dos, en mil. Ni tan ordinario, dependiendo de los ojos…

Me cae bien Eugène Christophe.

También está Adam Pollo, que no sé qué tan bien me caiga, pero que me recuerda a todos estos habitantes escondidos, ni héroe, ni ordinario. Para empezar, no sé cómo pronunciar el apellido de este personaje, aunque supongo que Le Clézio lo ideó sin pensar en mí, y mucho menos en mí como hispanohablante. Llamémoslo Adam. Adam, en Le Procès-Verbal, es un hombre aislado del mundo. Vive a escondidas en una casa junto al mar. Con los dueños de la casa ausentes y sin poder reconocerse debido a una especie de amnesia, se permite vivir experiencias humanas a través de los ojos de otros seres. Todo lo que narra crea una serie de alucinaciones retóricas que plantean, finalmente, preguntas de qué tan real es lo real y si es posible hacer que las cosas se conviertan en algo que no son hasta hacerlas verdad.

Hay una parte de la novela en donde Adam trata de recordar qué es lo que comen las ratas. Su cabeza, metódicamente, va primero a la definición del animal y luego a un par de leyendas que esclarecen un poco su conocimiento del comportamiento de las ratas. En su reflexión, se va dando cuenta de que tiene algo en común con el animal (el tener que salir eventualmente a conseguir comida, rumiar) y de ahí perdemos a Adam en un miedo primitivo convertido en delirio oratorio, existencial.

No sé si todos los que se esconden de esa manera tengan perfecta conciencia de por qué se esconden, o si el encierro los lleve a perder la razón apegada a esa conciencia y los conduzca a otro plano en donde es posible pensar libre y descontroladamente lo esencial de la vida, lo puro, lo monstruoso. Quizá sólo huyan. Quizá sólo huyan por un tiempo. O quizá están completamente perdidos en ese ir y venir de identidad, de dimensionar y perder dimensión de los espacios a los que están confinados. Buscar cuartos para contenerse y terminar desbordándose. Ir de un miedo a otro. Enfermedad o no.

John Madera menciona a Stanley Carter en su reseña de The Interrogation. Pienso en qué podría hablar ese chico con la indigente japonesa, si podrían estar en un mismo cuarto, si en el intercambio pudieran salir referencias o detalles en común. Creo que no. Creo que cada vacío está lleno de cosas diferentes. Diferentes miradas y sensaciones. Diferentes ángulos y colores.

La Tour de France, para mí, es azul. No la sigo ni sé nada de bicicletas. Ni siquiera sé andar en bicicleta. Apenas puedo leer dos renglones en francés. Tampoco sé de deportes. Busco cosas, me llegan cosas, pero casi siempre hasta ahí llego. “Nada es lineal,” siempre me digo. Hay un montón de cosas que no sé. Por eso me las imagino. Como el color de esas sillas en el café de Tampico. O 3-Iron, cuando no me duela tanto el corazón.

-t

Me gustaban los nombres que terminaban con letras “t” sonoras. Como Piet, un personaje secundario de Star Wars. O Margot, que así se llamaba un café en el centro de Tampico. O Mundet, como el refresco.

Según yo en esa lista de nombres que me gustaban estaba el apellido de un piloto de carreras. No sabía (no sé) gran cosa de la Fórmula 1, pero era un nombre que sonaba mucho en televisión.

Anoche vi Senna. Pronto en el documental apareció Alain Prost, el némesis de Ayrton Senna, y pensé “eh, de niño yo decía que su apellido estaba bien padre”. Casi al mismo tiempo otra  idea llegó rodando: “no era Prost, era Piquet el apellido que sonaba padre”.  Una tercera idea: llevo treinta años intercambiando esos dos apellidos y ocasionalmente pensándolos como una sola persona.

No es sólo que los espacios en la casa de la memoria estén mal divididos. Además hay áreas clasificadas y rotuladas que en realidad están vacías, o no contienen lo que dice el rótulo, o tienen cosas de más.

¿Qué otros habitantes híbridos o desconocidos habrá en esa casa? Escondiéndose. Como esa indigente japonesa que pasó un año en un clóset.  O el chico de 3-Iron.

no. 58

esta casa tenía número telefónico de cinco dígitos. tenía siete camas y una cuna. tenía un perro que yo no conocí, uno que lanzaron al río y felizmente regresó.

 

la calle es emilio carranza. hay otras calles: mina, allende, melchor ocampo, cuauhtémoc, muchas más de personajes históricos que ni por la secundaria logro recordar.

 

en este pueblo todo es “allá arriba”, “allá abajo”, “allá por”, “ancase”.

 

mi abuelo tenía una casa mejor, “allá arriba”. tenía tres hijos y cuatro hijas. tenía a mi abuela. tenía un mal vicio, como todos los hombres de este pueblo de horas lentas y botellas. en una borrachera, perdió una apuesta, su casa de “allá arriba”, y llegaron a ésta.

 

esta casa pobre, chiquita, de vigas de madera y suelo de tierra, vio crecer a 11 nietos. mi kínder estaba “allá abajo”, al final de la cuadra y a la derecha. para entonces ya había domingos de concha con chocolate y en familia con chabelo. las paredes y pisos vestían de colores. la mayor parte de los adultos se habían ido al otro lado y las idas al banco hacían que supiéramos que todo estaría bien. mi abuelo iba por mí a la escuela y yo me le adelantaba corriendo y jugando por la calle. llegábamos a sentarnos a la mesa, a comer juntos, todos platicando, mi abuela siempre en chinga, mi tía siempre riendo.

 

ahora, 30 años después, la casa tiene un segundo piso y mucho silencio. seis camas, vacías. aquí se regresa para que unos se despidan y otros mueran. soy la única que regresa para hacer ambas. visito cada vez que alguien se nos va, y también cuando me aniquila la ciudad, cuando me empieza a fallar el cuerpo, la cordura. aquí se muere bien, se descansa bien, pero yo sigo inquieta. aún no sé si estos rincones puedan sostenerme de alguna manera, así, siendo como soy.

 

el número telefónico ha aumentado con dos dígitos. anoche escuché a un gato maullar afuera de la recámara en donde me estoy quedando. pienso en que una casa puede contener muchas historias, muchos giros, muchas vidas.

 

hay más calles en este pueblo cuyos nombres no me sé. siguen ahí, como puntos suspensivos.

Nueve cuadras

La calle tiene el nombre de un sacerdote escapista nacido a fines del XVIII: José Servando Teresa de Mier y Noriega y Guerra. Le dicen Padre Mier.

 

Esquina con Galeana. Esa tienda tenía una cafetería de mesas altas. Los adultos comían de pie y los niños comíamos sentados en las mesas, con las patas colgando.

 

Entre Garibaldi y Cuauhtémoc. La tienda de comics más grande que ha tenido la ciudad. Me quedaba hurgando en los cajones de tarjetas durante horas para luego sólo comprar un número de Sandman.  

 

Entre Serafín Peña y Porfirio Díaz. La casa que ha estado abandonada desde que recuerdo. El patio está cubierto de hierbas locas, salvo donde está un coche deshaciéndose de oxidado. Me gustaba pensar que el último inquilino había muerto en la casa y ahí seguía.

 

Esa cafetería ya tiene butacas comunes.Donde estuvo la tienda de comics ahora hay una tienda de perfumes pirata.

 

Sólo quedaba la casa abandonada. Eso hasta hace unos días, cuando vi una a una pareja de ancianos limpiando la entrada. Quiero pensar que van despertando luego de un sueño de décadas.

 

“The box is only temporary.”

Is it the sea you hear in me,

Its dissatisfactions?

Or the voice of nothing, that was your madness?

you wanted to translate virginia woolf because you loved her writing above everything else. i wanted to translate simply because i couldn’t imagine being able to bear anyone’s presence for too long.

i didn’t know you until we walked across campus to catch a bus home one evening. where did you live? what did you like? who were you? where did you come from? why were you talking to me? you were almost in love and anxious about not being able to read into the other person’s feelings. i listened. you kept talking. the volcanic rocks were sharp against the reds and yellows of the horizon. the sun was almost setting, and i listened. you were lost. you seemed fun.

“I have signed my name,” said Louis, “already twenty times. I, and again I, and again I. Clear, firm, unequivocal, there it stands, my name. Clear-cut and unequivocal am I too. Yet a vast inheritance of experience is packed in me. I have lived thousands of years. I am like a worm that has been eaten its way through the wood of a very old oak beam. But now I am compact, now I am gathered together this fine morning.”

nobody knew me. wavy bangs. sullen-eyed. a black cardigan, a simple skirt. quiet, hard, distant. there wasn’t much to see. but she saw something. “you’re sylvia!” i used to laugh every time she’d bring it up. how odd that a little bit of plath and a little bit of woolf should meet like this, with a smile.

she had a name, though. a heavy family name in the arts, each branch of her family tree ripe with some wonderful strange fruit to admire. she wasn’t the exception. the paintings, the songs, the writing — everything she did was entirely her, intricately placed in her being to be hers and hers alone. it amazed me. her talent made me happy. it made me feel grateful and less alone.

“Now we are off,” said Louis. “Now I hang suspended without attachments. We are nowhere. We are passing through England in a train. England slips by the window, always changing from hill to wood, from rivers and willows to towns again. And I have no firm ground to which I go.”

i was running against time. just against it, not really to get to a specific place. just to get out of wherever i was. she was already on her way to something else, but she took my hand anyway, and i was fine. everything was fine. i followed her.

she had a dear friend, an elderly teacher, an englishman who shared her love for tweed jackets and no-bullshit conversation. he was loved and admired by everyone at school. his constant eye-rolling at the world’s immediate, puppy-like ways was endearing, and one eventually learned to read into his sageness and appreciate his unwavering compassion.

i didn’t know him personally until she began to ask me, on occasion, to tag along when she found herself missing him and wanting to say hello. they’d get into their usual conversational mode, cigarettes pressed to their lips at every other statement, and when the whole thing came to a natural pause, he’d do a double take on me and ask, “where have i seen you before?” quiet and absorbed by their habitual interaction, the question always caught me off guard. she’d turn to look at me, too, her eyes clearly grinning behind the cigarette smoke. “haha, sylvia!”, she’d later say, “i wonder if he notices… of course he does…” i’d shake my head and laugh. he had gone to school with ted hughes.

Words dry and riderless,

The indefatigable, hoof-taps.

While

From the bottom of the pool, fixed stars

Govern a life.

nothing exceptionally bad happened. youth is full of confusion and odd demands. there was no way i could explain to you how i wasn’t listening anymore. you wouldn’t have understood why, because you weren’t listening anymore either. things were moving, for both of us. i needed to leave. up to this day, i am still that way, needing to flee, far, away.

still, i remember us in long idle afternoons, our legs stretched out in matching sneakers, resting against the grass and earth of a very soft spring, the campus green and buzzing with other people’s existence, with all those other stories we were never really interested in. our striped stockings and the quavering cellos and our love for tormented writers were what made us back then, expectant little hearts yearning for train rides and ferry rides or any other ride that would take us to something worth wrecking ourselves over and onto the pages we were meant to write. we had places to go, things to love and to hate.

“Marriage, death, travel, friendship,” said Bernard; “town and country; children and all that; a many-sided flower. Let us stop for a moment; let us behold what we have made. Let it blaze against the yew trees. One life. There. It is over. Gone out.”

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i’m glad we met. i’m glad we could be friends.

 

isate